

Los vacceos, el más culto de los pueblos vecinos a los celtíberos, como señalara Diodoro (V, 34, 3) siguiendo a Posidonio, entran en la historia de la mano del historiador griego Polibio (3, 13, 5) quien, tomándolo de una fuente anterior, narra la incursión de Anibal por las tierras del interior peninsular, el verano del 220 a.C., y la toma de las ciudades vacceas de Elmantiké y Arboukále.

El territorio o la región vaccea ocupó grosso modo la Tierra de Campos, los Montes Torozos, el valle del Cerrato y las campiñas meridionales del Duero, un amplio espacio geográfico delimitado al occidente por los ríos Cea y Esla, que actuarían de frontera con los astures; entre el Esla y el Pisuerga una banda imprecisa, aproximadamente por el norte de Carrión de los Condes, marcaría el límite con los cántabros; al este, siguiendo el curso del Pisuerga hasta su confluencia con el Arlanza, se localizarían los turmogos, y aún más al sureste los arévacos; por el sur la frontera con los vettones se halla peor definida, pero se ciñe bastante al curso del Duero con ciudades como Cauca, Colenda, Nivaria y Arbucala.
Desconocemos el proceso por el cual las aldeas soteñas se transformaron en ciudades vacceas, pero no cabe duda de que el fenómeno urbano constituye uno de los aspectos más diferenciadores que ofrece el registro arqueológico vacceo. Pese a la falta de datos, existen algunos yacimientos soteños epigonales ―en los que menudean algunas cerámicas ibéricas de tonos vinosos, como La Solana de Olivares de Duero o La Loma de Pesquera de Duero, yacimientos ambos de la provincia de Valladolid― que podríamos vincular a ese tránsito, y a través de cuyos niveles de incendio y abandono podría postularse el carácter forzoso del mencionado proceso. Una impresión a la que contribuye también el importantísimo complejo arqueológico de Valoria la Buena (Valladolid).
Ha sido sin duda alguna el conocido texto de Diodoro (V, 34, 3), relativo a la práctica vaccea que desde J. Costa viene conociéndose como “colectivismo agrario” y según el cual cada año reparten los campos para cultivarlos y dan a cada uno una parte de los frutos obtenidos en común, uno de los argumentos que más han contribuido a extender la idea de que la base fundamental de su economía era el cultivo extensivo de los cereales. A ello han venido a contribuir igualmente el saberles abastecedores de grano a los numantinos en momentos críticos, hallazgos como el de una importante colección de aperos de labranza, junto con una reserva de cereal tenida como sementera, en la bodega de una vivienda de Pintia o el que la Tierra de Campos ―el granero de Castilla― se encuentre toda ella en territorio vacceo. Conviene tener presente, con todo, que dicho texto continúa diciendo que a los labradores que contravienen la regla se les aplica la pena de muerte, lo que bien pudiera significar que tales prácticas tuvieran carácter coyuntural, con ocasión de circunstancias críticas como las guerras de conquista o el abastecimiento a los arévacos, y explicaría además lo drástico de la pena impuesta a los infractores.

Es evidente que una necrópolis cumple una doble finalidad: de acogimiento definitivo para los finados, pero también de lugar de culto para los vivos donde mantener la memoria de sus antepasados. Este último aspecto puede explicar, de un lado, la existencia de hitos externos señalizadores en forma de estelas calizas apenas desbastadas, y, de otro, el modelo de ocupación detectado en el referido cementerio. La enorme extensión de la necrópolis de Las Ruedas de Pintia, cifrada en unas cuatro hectáreas, responde a una ocupación radial, en la que se desconocen las superposiciones estratigráficas y que conforma una modélica estratigrafía horizontal, abarcando los siglos IV a.C. al final del I d.C.

De las tumbas proceden buena parte de los objetos que han llegado hasta nosotros. Sabemos así del armamento, que componían puntas de lanza, cortos puñales con su correspondiente tahalí ―bellamente decorados en ocasiones con damasquinados en plata― y pequeño escudo redondo o caetra, ambos del “tipo Monte Bernorio”, y muy raramente espadas de “tipo Miraveche”, de hierro todos ellos.
Evidentemente en la definición del rango vertical los extremos resultan más fáciles de identificar. Así tumbas como la 28, 32, 75 o 109 de Las Ruedas, con las panoplias más completas, incluyendo armas damasquinadas, espadas, arreos de caballo, o servicios de bebida, se situarían en la cúspide, mientras que las llamadas “tumbas pobres” sin más evidencia que los restos cremados, incluso depositados directamente sobre el suelo, estarían en la base de la pirámide social.
firefox
| web optimizda para 1240 X 1000 px.
http://www.pintiavaccea.es se encuentra bajo una licencia Creative Commons Reconocimiento-No comercial 2.5 España License.