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La necrópolis de Las Ruedas: estelas y tumbas



Las Ruedas bajo la nieve.
Las Ruedas bajo la nieve.
Interior de una urna: huesos cremados y fíbulas.
Interior de una urna: huesos cremados y fíbulas.
Tumbas resituadas, tras su consolidación, en los lugares de origen durante la campaña de 2009.
Tumbas resituadas, tras su consolidación, en los lugares de origen durante la campaña de 2009.

El cementerio de la Pintia vacceo-romana, la necrópolis de Las Ruedas, se sitúa a unos trescientos metros al sur de Las Quintanas, separado de ésta por el arroyo de La Vega. Este espacio sepulcral, de unas seis hectáreas de extensión, fue objeto de uso ordenado y continuado a lo largo de más de medio milenio, entre el final del siglo V a. C. y el inicio del II d. C.

El espacio de este cementerio parece delinear una suerte de triángulo en el que dos de sus lados vienen marcados por el trazado natural del arroyo de La Vega, que dibuja un ángulo recto en esta zona, y el tercero se corresponde con una larga trinchera artificial excavada en su límite meridional.

En el transcurso de estos cinco siglos el ritual fúnebre practicado fue principalmente el de la incineración, procediéndose a la cremación del cadáver ataviado con los elementos propios de su condición social.

Estos últimos (armas, adornos, agujas, fíbulas, etc.) junto con los huesecillos resultantes de la cremación eran recogidos habitualmente en un recipiente cerámico (urna cineraria) y trasladados a un hoyo abierto en el camposanto, donde los deudos y otras personas que reconocían vínculos con el finado rendían tributo al mismo aportando comida y bebida en diversos recipientes cerámicos para facilitarle el viaje al más allá.

Lajas de piedra (algunas procedentes del próximo cerro de Pajares) u otros elementos perecederos no conservados servirían para señalizar las tumbas y permitir la visita y la realización libaciones, plegarias, etc.

Hasta el presente se han recuperado en este lugar más de tres centenares de tumbas de incineración, de las que destacan las vinculadas a la aristocracia pintiana, tanto de guerreros como de sus mujeres e hijas, algunas de ellas con más de cien piezas por tumba y en general con ajuares y ofrendas ricas y variadas que nos permiten un acercamiento a la organización social de los pobladores de Pintia.

La transformación antrópica del entorno ocupado por la necrópolis de Las Ruedas, fundamentalmente por las labores agrícolas aquí desarrolladas, ha propiciado una intensa afección sobre la riqueza patrimonial conservada en el subsuelo, pero también una sustancial modificación de lo que pudo ser el paisaje funerario de este enclave a lo largo de los siglos en los que funcionó como tal.

Así, un porcentaje significativo de las tumbas de este espacio cementerial debió estar señalizado mediante estelas de piedra caliza, algunas de las cuales llegaron a alcanzar un carácter especialmente monumental, como las denominadas "estelas discoides" que explicarían la toponimia del lugar.

Muy próximo a este camposanto se localiza, con el significativo topónimo de Los Cenizales, un área de gran acumulación de sedimentos cenicientos. Una circunstancia que, al menos en principio, informa sobre la estrecha relación entre este emplazamiento y la intensa actividad crematoria de cadáveres consustancial a la necrópolis (en los denominados ustrina) a lo largo de veinte o treinta generaciones.



El santuario

Un poco más al sur de Los Hoyos, frente a la necrópolis de Las Ruedas y separada de ella por el cauce del arroyo de La Vega, el análisis de las fotografías aéreas ha posibilitado la identificación de una estructura, para la cual, no obstante, resulta especialmente complicado dar una explicación definitiva.


Se identifica como un área cuadrangular, de unos setenta metros de lado, cuyos laterales se definen por lo que debe interpretarse como una estructura en negativo o excavada, de coloración verde oscura en el sembrado, duplicada al exterior por otra de crecimiento más ralo y color más apagado, que podría asimilarse a las gravas extraídas y amontonadas.


La escasa presencia de materiales en superficie dificulta enormemente su precisa interpretación, pero, si tenemos en cuenta su vecindad con la necrópolis y a modo de hipótesis, cabría proponer su correspondencia con un santuario similar a los constatados en otros contextos europeos; no obstante, esta posibilidad exigirá para su confirmación nuevas excavaciones en este lugar preciso.

Fotografía aérea con fotorrestitución del santuario, el arroyo y el camino, junto con un modelo de santuario belga.


El cerro de Pajares

Al fondo, a la derecha, el cerro de Pajares.
Al fondo, a la derecha, el cerro de Pajares.

Se localiza unos dos kilómetros al sur del yacimiento, en una elevación aislada, en cuya plataforma culminante de no más de cien metros por unos veinte se puede observar todavía en su extremo occidental un frente de la cantera de la que se extraerían las lanchas de piedra caliza para señalizar las tumbas o para la fábrica de la ermita cuyos restos aún se vislumbran en un arruinado paredón.


La cerámica de época vaccea que se recoge en su erosionada superficie acredita al lugar como cantera, al tiempo que fue también un probable punto de vigía y enclave directamente relacionado con la ciudad localizada en el valle.







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